Las personas sensibles se preguntan acerca de la importancia de las expresiones escritas en sus vidas, eso me conduce a reflexionar acerca de las relaciones entre ciertos autores consagrados por su obra literaria, con el mundo que les tocó vivir, con el valor de sus libros, con sus contenidos ya leídos no sólo como referencias propias del mundo del lenguaje literario sino como proyecciones reales de sus mensajes como verdaderos aportes para sustentar ciertas áreas teóricas de la psicología.
Con Víctor E. Frankl he llegado a comprender la necesaria elasticidad en la adaptación hacia posibilidades nuevas, abiertas, ante la responsabilidad que ocupan las personas que deciden la toma seria de una conciencia del deber, signada sobre todo por asumir el compromiso de construir o descubrir el sentido de sus propias y singulares vidas. La plenitud de sentido la ofrecen, de manera dinámica, los valores. Para el psiquiatra austriaco, nacido en 1905 y muerto en 1998, el ser-consciente quiere decir también el ser-responsable, y la principal responsabilidad es la de vivir la vida a través de cumplir con el deber los valores asumidos, que pueden ser, entre otros, los valores creativos, los valores vivenciales y los valores de actitud. Los valores de creación, aparte de hallarse suscritos por el mismo actuar de las personas, también incumben a los que proyectan a quienes los asumen hasta las realidades de las obras artísticas, literarias, teóricas, etcétera. Hay pues el encuentro con una plenitud de sentido al saberse capaz de crear una sonata, un nuevo arreglo floral, un corto animado revolucionario, un ensayo lúcido y lúdico, una melodía, un blog creativo, un poema. En ese sentido se asume como algo único en la medida en que la persona creativa descubre el cómo, el porqué (el para qué muchas veces se relativiza por los mismos desgloses de una subjetividad creadora, pero esta es una de las preguntas más difíciles de contestar en los terrenos de la creación, cuando se persigue la autenticidad y no solamente el reconocimiento social) y siente alegría por realizarlo siendo consciente de sus propias virtudes y de sus limitaciones. Cómo trabajar con creatividad y, a la vez, dilucidar el sitio de su propia valía (sin autoengaños, ni pretensiones narcisistas), es decir, conocer si la persona realmente ocupa o no el lugar en que se encuentra su proceso creativo, o incluso profesional, son formas de llenar o no (dependiendo de la congruencia de su hacer) el círculo de sus deberes.
Escribe Víctor E. Frankl, en su libro Psicoanálisis y existencialismo: “Un hombre corriente que cumpla realmente con los deberes concretos que le plantean su familia y su profesión es, a pesar de la “pequeñez” de su vida, más “grande” y ocupa un lugar más allá que cualquier “gran” estadista que tenga en sus manos la posibilidad de disponer de un plumazo de la suerte de millones de hombres, pero que no gobierne sus actos ni tome sus decisiones con arreglo a la conciencia del deber.”
Esto anterior busca ubicar el sentido de la vida allí precisamente donde florece, bajo el sol e incluso bajo la sombra: en la sencillez de la gente, de aquellos que conocen el lugar que ocupan los actos creativos en sus vidas, la dimensión de su hacer, en sus legítimas aspiraciones de comunicación con los demás.
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La pregunta acerca del valor de nuestros actos creativos, del lugar que ocupan en nuestras vidas, de cómo se relaciona la vida artística con nuestros comportamientos, son cuestiones que hay que reflexionar.
Es sumamente interesante lo que admite Oscar Wilde, en su hermosa Epistola: In Carcere et Vinculis (De Profundis). Me atrevo a sugerir que es en la cárcel donde el soberbio autor irlandés, nacido en 1854 y muerto en 1900, adquiere la humildad; en condiciones en que la moral de su época lo condena no sólo a sufrir la más tremenda de las angustias que un preso puede llegar a experimentar por el confinamiento, sino el verdadero derrumbe del mundo convencional, decadente y extraordinariamente refinado en que convivió, incluso con quienes le dieron la espalda cuando vive ese trance carcelario. Allí en prisión el autor de El abanico de lady Windermere se religa a un cristianismo personal (ver a Cristo como un precursor del movimiento Romántico es bastante sugestivo); se reconoce, a través de la pena indecible de haber perdido casi todo, en el entendimiento y el corazón signados en una carta dirigida a su amor frustrado, a la persona de lord Alfred Douglas, su amadísimo Bosie, con quien vivió el amor, los caprichos, la compañía ante el tercero odioso, el padre del lord; sin embargo, con quien incluso pudo regresar después de prisión antes de morir. Wilde aclara su propia actitud ante la obra erigida y su impacto en la vida entregada a ella. Y nos lega las siguientes líneas de su Epistola…:
“Los hombres señalan la cárcel de Reading y dicen «Miren adónde lleva a un hombre la vida artística». Bueno, puede llevar a sitios peores. La gente más mecanizada, para quien la vida es una astuta especulación que depende de un atento cálculo de medios y métodos, sabe siempre hacia dónde va, y logra sus objetivos. Comienza con el anhelo de ser bedel de la parroquia y sea cual fuere la esfera en que se sitúa consigue lo que se propone: ser el bedel de la parroquia, y nada más. Un hombre que aspira a ser algo separado de sí mismo –miembro del Parlamento, comerciante rico, juez o abogado célebre o algo igualmente aburrido– siempre logra lo que se propone. Éste es su castigo. Quien codicia una máscara termina por terminar oculto tras ella.
Pero es muy distinto hacer esto con las fuerzas dinámicas de la vida y con quienes las encarnan. La gente cuyo único deseo es la autorrealización nunca sabe adónde va ni puede saberlo. En cierto sentido, es por supuesto indispensable conocerse a sí mismo, como dijo el oráculo griego. Es el primer logro del conocimiento. Pero el logro final de la sabiduría es reconocer que el alma humana es inconocible. El misterio supremo es uno mismo (…)
Espero vivir lo suficiente para hacer una obra tal que cuando acabe mis días pueda decir: «Sí, miren adónde lleva a un hombre la vida artística».”
Es posible plantear que Oscar Wilde lleva hasta lo más hondo de su ser los valores creativos, los valores vivenciales y los de actitud. Incluso confinado en instituciones totales, como las prisiones de Holloway, Wandsworth y Reading, se puede observar a un autor en plenitud, concibiendo dos de sus mejores obras literarias: la misma Epistola… y The Ballad of the Reading Goal.
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Los valores se realizan con la exigencia que la vida plantea, al decir de Víctor Frankl: “De hora en hora cambia en la vida del hombre la posibilidad de orientarse hacia este o hacia aquel grupo de valores. Unas veces, la vida exige de nosotros que realicemos valores creadores, otra nos obliga a volvernos a la categoría de los valores vivenciales. Unas veces se nos plantea, por decirlo así, la tarea de enriquecer al mundo con nuestros actos; otras, entregándonos a una posibilidad de vivencia.” Hay que agregar que los valores de actitud, en el caso de Oscar Wilde, tienen que ver sobre todo con su comportamiento en las condiciones extremas en que vivió al redactar esas dos obras mencionadas con anterioridad, y más allá de los méritos literarios de las mismas, cuando reitera una y otra vez que “El amor se nutre de la imaginación. Gracias a la imaginación. Gracias a la imaginación nos volvemos más sabios de lo que sabemos, mejores de lo que sentimos, más nobles de lo que somos; podemos ver la vida en su totalidad. Por la imaginación (…) podemos entender a los demás en sus relaciones reales o ideales.”
El escritor irlandés realiza valores de actitud cuando sabe soportar el aislamiento, que de ser atroz pasa a ser un espacio también de estudio y creación, cuando pudo tener libros a su alcance y papel para poder escribir, gracias a las atenciones de algunos amigos. Para Víctor E. Frankl la realización de este grupo de valores consiste precisamente en la actitud que el hombre adopte ante una seria limitación de su vida. El psiquiatra, formado en la escuela ftreudiana de psicoanálisis, explica que “La posibilidad de llegar a realizar esta clase de valores se da, por tanto, siempre que un hombre se enfrenta con un destino que no le deja otra opción que la de afrontarlo (…) se trata de actitudes humanas como el valor ante el sufrimiento, o como la dignidad frente a la ruina o el fracaso. Tan pronto como estos valores de actitud se incorporan al campo de las posibles categorías de valores, se ve que, en rigor, la existencia humana no puede, en realidad, carecer nunca de sentido: la vida del hombre conserva su sentido hasta el aliento final, hasta que exhala el último suspiro.”
En la cárcel, Oscar Wilde logra la autotrascendencia y una profunda capacidad para distanciarse de sí mismo. Frankl, en su libro Teoría y terapia de las neurosis, indica “que el existir humano siempre hace referencia a algo que no es ese mismo existir, a algo o a alguien, a un sentido que hay que cumplir o a la existencia de un ser humano solidario con el que se efectúa un encuentro”.
Oscar Wilde en su Epistola… ofrece unas palabras que confirman el sentido de su autotrascendencia:
“Donde hay dolor hay un suelo sagrado”.
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Cuando Robert Sherard está presente en el traslado de Oscar Wilde, de la cárcel al Tribunal de Quiebras, el autor de la novela El retrato de Dorian Gray transita en medio de la bulla de los curiosos y del personal que atiende este tipo de trámites, va esposado y con la cabeza baja, Robert Sherard es el único que saluda al escritor, con mucho respeto despojándose de su sombrero… Wilde escribe en su Epistola…: “Por menos que eso muchos han ganado el cielo. Y lo hizo delante de la multitud y con un gesto tan dulce y sencillo la redujo al silencio. Con este mismo espíritu y esta forma de amor los santos se arrodillaron para lavar los pies del pobre o se detuvieron a besar la mejilla del leproso. Nunca le he dicho a Robbie una palabra acerca de lo que hizo y hasta hoy no sé si él se dio cuenta de lo que su gesto significó para mí (…) Lo guardo entre los tesoros de mi corazón. Lo conservo allí como una deuda secreta y me alegra pensar que nunca podré pagarla.”
Este tipo de vínculos humanos conducen a quien los experimenta a un más allá de sí, cuyo centro existencial significa profundizar en la propia conciencia de sí, y al reconocimiento tácito, otra vez, de que los gestos naturales, sencillos, entre los seres humanos, son los que otorgan un verdadero sentido a la vida y toman la forma de auténticos valores vivenciales, que pasan como actos de genuina solidaridad.
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Martin Buber, filósofo judío nacido en Viena en 1878, y muerto en Jerusalén en 1965, en el libro¿Qué es el hombre?, cuando patentiza su lectura de Kant, allí cuando reconoce el filósofo alemán del siglo XVIII las interrogantes esenciales acerca del hombre (¿qué puede saber?, ¿qué debe hacer?, ¿qué le cabe esperar?), Buber responde que es la psicología kantiana la que contesta a la segunda interrogante, ¿qué debe hacer?, significando con esto que hay un hacer que el hombre debe, que no está, por lo tanto, separado del hacer justo, sino que, por eso mismo puede experimentar su deber, encuentra al hombre abierto el acceso al hacer; en los términos de cómo se realiza psíquicamente el deber, y como ética, qué es lo que hay por hacer. Víctor E. Frankl relaciona significativamente, con su visión del sentido de la vida como la plena realización de valores, a la psicología y a la ética, de algún modo a la manera kantiana, pero más que nada lo realiza como lo proponen la filosofía del alemán Nicolai Hartmann (1882-1950), por ejemplo en cuanto a los valores morales, fundados en la seriedad de los propósitos y en la hondura de las intenciones con que obran las personas. También el filósofo alemán Max Scheler (1874-1928) influye ciertamente en Frankl, con los criterios básicos para jerraquizar los valores, entre otras líneas filosóficas. Algo primordial en esta influencia filosófica es lo que propone Scheler, bajo la denominación sentimiento del valor.
El aprendizaje de Oscar Wilde, es ese pasaje extremo de su vida en prisión, que lo hace rememorar la frase máxima del oráculo griego que sugiere el conocerse a sí mismo, se reconoce con claridad en las palabras de otro psicoanalista alemán, Erich Fromm (1900-1980), cuando en su texto Psicoanálisis y Budismo Zen escribe: “El principio que debemos mencionar primero es el concepto de Freud acerca de que el conocimiento conduce a la transformación, de que la teoría y la práctica no deben separarse, de que en el acto mismo de conocerse a uno mismo, uno se transforma.”
Oscar Wilde, sin duda, se transforma en la cárcel y con una afirmación más comprometida de su arte literario, ya casi totalmente elaborado en el año de su excarcelación, en 1897.
Es imposible ver en la actitud de Wilde ante su reclusión, una especie de sometimiento y resignación ante la mano injusta de la ley. De hecho como lo apostillan los Pacheco, en la parte final de
Como podemos observar, la vida de Oscar Wilde es el testimonio de un autor consumado, que continúa latiendo en los corazones de quienes nos acercamos a ella sin prejuicios y con la actitud de celebrar su vida rebosante de sentido a la manera en que lo propone Víctor M. Frankl.
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NOTA:
Cartas de Wilde al Daily Chronicle, la primera publicada el 28 de mayo de 1827; la segunda, el 24 de marzo de 1828, mismo año en que muere su esposa. FUENTES:
- Martin Buber. ¿Qué es el hombre? F.C.E. México, 1974.
- Oscar Wilde. Epistola: In Carcere et Vinculis (“De Profundis”). Editorial Seix Barral, España, 1977.
- Víctor E. Frankl. Psicoanálisis y existencialismo. F.C.E. México, 1990.
- ______________Teoría y terapia de las neurosis. Editorial Herder, Barcelona, 2001.

Excelente trabajo sumario! Recopilación acertada y ajustada que une a varias glorias de la cultura humanistica y literaria, a traves de un hilo conductor magnificamente logrado, que logra sostener el interes por su lectura. Felicitaciones!